
Charles DARWIN nació en Shrewsbury, Shropshire, Inglaterra, un 12 de febrero de 1809 y, entre la rabietas de aquellos que veían en el progreso intelectual un arma letal contra la salvación humana, publicó, el 24 de noviembre de 1859, "El Origen de las Especies", es decir, en pocos meses, se van a cumplir, también, 150 años de la publicación de la primera edición del libro mencionado. Sirva, por tanto, ésta pequeña nota, como modesto homenaje al maestro inglés, a la par que, análisis, bastante superficial, de las ideas darwinianas qué más han despertado nuestra curiosidad.
Estudiar el pensamiento del maestro inglés resulta abrumador. Y es que, como se reconoce en el mundo académico, la cantidad de libros acerca de la vida y obra de DARWIN obedece no solamente a que es una figura tremendamente importante en la historia del pensamiento humano, sino porque además era un hombre simpático, modesto, y con una personalidad atrayente hasta el día de hoy.
Para empezar, basta mencionar lo que nuestra mente abogadil nos permite entender por la llamada teoría de la evolución, a saber, que todos los seres vivos han evolucionado (y lo seguimos haciendo) para adaptarse a su medio natural, si no lo hacen mueren (y no transmiten sus genes), de ahi que "sólo el más apto sobrevive". Será, precisamente, la selección natural, la que, actuando como un filtro, "señale" qué individuo está mejor adaptado.
Solo se reproducirán aquellos que se encuentren mejor adaptados a un entorno hostil. Aparente cruel realidad -pero conclusión en fin- a la que arribó, no sin antes ser un optimista defensor de la tendencia biológica del ser humano a la compasión y a la cooperación que le permita preocuparse por individuos menos afortunados, sean éstos familiares suyos, miembros de la tribu, del clan, de la nación, de su propia raza, de toda la humanidad y, también, de los otros animales.
Su teoría es tan profunda e impactante como controversial y hasta inaceptable por ciertos sectores de la sociedad. Se acepta, sin embargo que, como NEWTON con su teoría de la gravitación en el mundo de la física, el maestro inglés tuvo el enorme valor y mérito de poner orden en las ciencias biológicas.
Las ideas de DARWIN significaron una profunda conmoción en el mundo científico, y si bien hoy el apoyo y la adhesión del mundo académico serio y responsable a la teoría de la evolución es avasallador, es en campos como la Filosofía, la Sociología, la Sicología, y hasta en el Derecho, donde, por impensando que parezca, encuentra aun cierta resistencia.
Podemos afirmar que hasta antes de las prudentes conclusiones que, a sabiendas, publicó en su Origen de las Especies y del finalmente escandalizante The Descendent of Man and Selection in Relation to Sex, de 1871, se pensaba que, sin poner bajo la lupa del cuestionamiento tales afirmaciones, el ser humano era un ente especial, que sólo él, y nadie más que él, había sido creado a imagen y semejanza de Dios y por otra parte, que todos los seres vivos fueron creados tal y como los conocemos hoy.
Sobre estas dos cuestiones queremos pronunciarnos hoy, es decir, por un lado, el origen común y parentesco del ser humano con el resto de seres vivos y, por otra parte, la evolución mediante adaptación de los seres vivos que pueblan y han poblado nuestro planeta. Empezemos por ésta última:
Es conocido el aforismo linneano: "las especies son tantas como en un principio fueron creadas por el Ser Supremo", doctrina denominada fijismo y que hoy, por sorprendente que parezca, encuentra sendos defensores, en miembros respetables de sociedades como la norteamericana, donde, claro está, el nivel de educación no es precisamente el mejor.
Que las especies, tanto animales como vegetales, varían, a través del lento proceso de la selección natural, es una afirmación suscrita por la comunidad científica seria y responsable. El profesor Rafael ALVARADO nos menciona que "en la actualidad todos los biólogos están convencidos de las tesis fundamentales del evolucionismo y sus diferencias de pensamiento al respecto son tan solo de matiz." (ALVARADO, 1981, p. 7). La especies animales y vegetales evolucionan, cambian de características que les permiten mejor adaptarse a su medio. El llamado registro fósil asi lo demuestra. Es decir, la evidencia es abrumadora sobre la existencia pasada de especies hoy ya extintas y de las denominadas formas intermedias.
En este lento transcurrir, denominado evolución, las especies se separan. En realidad una de las bases de la teoría de la evolución, hasta donde sabemos, es el llamado Origen Monofilético de la vida, por el cual, todos los seres vivos, tendríamos un ancestro común, del cual se fueron derivando todas y cada na de las especies animales y vegetales que hoy pueblan nuestro planeta. Todos los seres vivos, en La Tierra, estamos emparentados, unos más que otros, dependiendo del momento histórico de la separación de sus linajes.
Nosotros los seres humanos, al ser seres vivos, también hemos evolucionado de formas de vida diferentes, de hecho, se acepta que humanos y chimpancés, por ejemplo, separaron su linaje, hace aproximadamente 5 millones de años. Y es aquí donde enlazamos con la segunda afirmación que nos interesa resaltar, no sin antes dejar en claro que las evidencias le dan la razón a DARWIN (y a LAMARCK con su "transformismo" de las especies mediante adaptación) en cuanto a que todos los seres vivos venimos del mismo y lento proceso de adaptación denominado evolución.
Entrando ya de lleno en la mencionada segunda cuestión, resulta abrumadora también la evidencia de que nosotros, los seres humanos, por más que queramos cavar un abismo infranqueable, no somos ángeles o fantasmas, sino animales.
Por eso se menciona acertadamente que DARWIN puso orden en el mundo biológico. Por un lado ideó, en base a evidencias, que la vida en nuestro planeta es un complejo y lentísimo proceso de adaptación de los más aptos, y que en el camino muchos perecieron y lo seguirán haciendo; y por otro lado, colocó al ser humano en el sitio que le corresponde, tal como ya sabían ARISTÓTELES o SPINOZA pero que solo un espiritu, a nuestro entender, mezquino y desmedidamente autoensalzador, quiso poner en "otro orden del ser". Como afirmábamos más arriba, ningún científico o estudioso serio, como bien menciona Marco Aurelio DENEGRI, podría afirmar que el ser humano se encuentra en otro orden del ser y, menos aún, que las especies, animales y vegetales, existieron desde los origenes, tal y como las conocemos hoy.
Es dificil aceptar que nosotros somos animales, que, obviamente, somos más inteligentes, nadie lo niega. Pero aceptar la rigurosidad científica darwiniana, en oposición a la supersticiosa idea del abismo ontológico, significa admitir que dicha característica -a la inteligencia nos referimos- no es una diferencia cualitativa, sino tan solo de grado, presente, elegantemente, en muchas otros individuos de diferentes especies.
El genio de DARWIN no solo se limitó a las cuestiones mencionadas, sino además, y como verdadero filósofo que fue, conocedor de las ciencias y tecnologías de su época, nos explicó la que, según su investigación, era el origen de nuestra moralidad, entendida ésta, como la capacidad de hacer juicios de valor sobre lo correcto o injusto de nuestras propias acciones.
Explicó que somos somos seres morales debido a los instintos sociales que nos ha dotado la naturaleza, que hacen que nos preocupemos por los demás –éstos instintos sociales se manifiestan también en muchas otras especies-, el alcance de éstos instintos es muy limitado inicialmente, sin embargo con el curso del tiempo –y debido al progreso en nuestras facultades intelectuales- nuestra preocupación por los otros se amplía cada vez a mayor número de individuos, hasta incluir a todas las criaturas con independencia de la raza, el sexo y finalmente la especie a la que pertenezcan, universalizando el impulso natural hacia la simpatía, compasión, misericordia o benevolencia por influjo de la razón, los hábitos y la educación.
DARWIN concluye que el sentido moral es secuela, en primer lugar, de la naturaleza persistente y constante de los instintos sociales, en segundo lugar del aprecio que el humano tiene porque sus semejantes aprueben sus actos y el rechazo porque los desaprueben y en tercer lugar de la extraordinaria actividad de sus actividades mentales.
Sirva, entonces, ésta nota para homenajear a quien nos ayudó -y lo sigue haciendo- a cuestionar, en base a evidencias, lo que hasta ese momento era dogma incuestionable.